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Dolor de ojos

Por Ubaldo Kunz

Lejos quedaron aquellos espejismos que parecieron acompañar las goleadas ante Arsenal en Sarandí y Godoy Cruz en el Monumental. Mucho más atrás todavía los buenos pasajes que tuvo River en Victoria o contra Newell’s en casa. Es que al conjunto millonario le cuesta HORRORES sostener una idea de juego. No es exagerado decir que en estas dieciséis fechas disputadas en el torneo, los dirigidos por Matías Jesús no redondearon noventas minutos de brillo, galera y bastón, como en las viejas y queridas épocas de oro. Ver a este equipo produce dolor de ojos.

La confusión que se transmite desde el banco de suplentes es tal que los propios integrantes del plantel -off the record, por supuesto- admiten que  a pocos días de quedar concentrados no saben si en verdad son tenidos en cuenta o si el técnico les va a quitar la poca confianza que les queda. Y no es que River nade en un mar de abundancia. Con el atenuante de lesionados y sancionados, muchos integrantes de la plantilla ya no creen no sólo en las palabras del entrenador, sino en el futuro de un proyecto que tiene fecha de vencimiento desde el momento mismo que el cuerpo técnico admitió asperezas con la cúpula dirigencial.

¿Cómo se sale de esto? Será difícil mientras no se asuman errores y limitaciones que están a la vista de todos. Ser autocrítico no implica sólo trastocar nombre y esquemas, sino comprender y convencer (hacia adentro primero, hacia afuera después) para donde apuntan los cañones que marcan esos nuevos rumbos. Sin convicción, modificar es sinónimo de manotazo de ahogado. Es cambiar para que nada cambie.

River hoy es un equipo sin brújula, sin timón y sin horizontes claros. La falsa “resurrección” que quisieron vender con el 23 J no es otra cosa que un simple reflejo post-mortem. Porque a ese equipo distinguido, ese que daba cátedra de fútbol por su escuela y tradición, hace tiempo lo mataron. Y para los asesinos de esa grandeza, no hay olvido ni perdón.

 

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