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River no levanta cabeza

En otro flojo partido, el conjunto de Almeyda igualó en Avellaneda y se aferró a un empate con sabor a injusticia por lo hecho por Independiente durante los 90 minutos. River sumó una nueva decepción y la sensación que hay un ciclo a punto de finalizar.

Qué difícil se torna poder desmenuzar el rendimiento de River sin caer en reiteraciones permanentemente. Es que el millonario está atravesando un presente complicado, no sólo desde los resultados y las rachas estadísticas. Los dirigidos por Almeyda juegan muy mal. Y a esta altura de los acontecimientos, cualquier cosa que se diga sobre el funcionamiento colectivo del equipo es meramente una redundancia.

El agravante es el rival de turno y el contexto en el que se encuentra envuelto. Un Independiente desmechado, desmantelado, que desde hace poco tiempo recién inició el camino de la recuperación dirigencial pero que los desaguisados institucionales los está pagando en el terreno deportivo. El Rojo venía mal, muy mal, y River tenía la posibilidad de “aprovecharse” del conjunto del “Tolo” Gallego.

Los noventa y pico de minutos disputados en Avellaneda expusieron el desastre futbolístico que para Almeyda es una “instalación mediática”. La flaqueza de ideas, de fútbol, de una concepción colectiva del juego, tuvo un nuevo capítulo en Avellaneda.

Preocupa porque River no muestra signos vitales. Porque no juega bien con la pelota ni sin ella. Porque no genera situaciones de gol desde la elaboración colectiva. Porque defiende mal. Porque da la sensación de ser un conjunto endeble, mediocre, sin vuelo. Porque está enemistado con la pelota, la maltrata, la revolea a cualquier lado cuando quema. Y eso con la banda roja en el pecho es imperdonable.

No se vislumbran cambios profundos, solamente manotazos de ahogado de una conducción que tiene las horas contadas. Porque de seguir así, está claro que el desenlace será el peor de todos. El que nadie quiere reiterar. El que deberá evitar apostando a ganador. Porque mendigando empates, River volverá a tropezarse con la piedra más dolorosa de su historia.

 

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