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Mil recuerdos y un aplauso

La imagen es un momento eterno. Ese en el que parece que todo termina. Los jugadores se van, obviamente, cabizbajos. Pero la vida sigue. La pasión es la misma que en el primer momento. Por eso el aplauso de 60 000 almas, compungidas, solidarias, hermanas, es interminable. Casi tanto como la memoria de cada paso, de cada escalón, de cada lugar.

Y entonces uno mira a Barovero y recuerda el penal con Gigliotti, la final en Colombia, el mano a mano con Calleri o la Copa Libertadores levantada, en sus manos. Quizás, para no ser malo, también aparezca en escena Chiarini con su tapada fenomenal frente a Juan Aurich o Chichizola y el penal contra a Saja.

Pero si, en cambio, fija su mirada en Mercado, observa los goles a Guaraní y Atlético Nacional. Pero también están allí presentes los miles de quites, cabezazos, corridas, pasadas al ataque. También, ¿por qué no? el tanto para ganar la Suruga Bank.

Camina, a su vez, Jonatan Maidana y ¿qué le vas a decir? El jefe silencioso, ese al que le toca llevar la cruz que tenemos todos encima. Y ves el esfuerzo, la garra, la voluntad. El gol a Cruzeiro, tal vez, también. Pero sobre todo, ese tatuaje que decidió hacerse cuando la realidad era otra, y la vaca estaba flaca. Ese que dice “23/6/2012”.

Y allí van, Casco y Balanta, esos que hicieron un esfuerzo enorme para mejorar sus altibajos, miran también el piso. Y con ellos, aunque no se vea, va Leonel Vangioni, ese de los mil pases al ataque, de los cientos de centros. El que puso la pelota en la cabeza de Alario para el gol, ese que vos sabés que gritaste. Ese mismo que, en una noche de invierno del otro lado del mundo, cuando creíamos que todo era posible, hizo que iba a centrar y con un enganche dejó pasar a Dani Alves.

Y quizás también se muevan cerca un tal Funes Mori, ese del gol en la Bombonera en la final contra Tigres y se vea la sombra de Germán Pezzella, colocando un cabezazo eterno para ganar la Sudamericana.

Y en esa fila, que comienza a mirar hacia arriba, también está Leo Ponzio. De los pocos que logró el ascenso, y estaba por irse. Eligió quedarse a pelearla y terminó como estandarte del equipo copero que se plantó dos veces en la Bombonera. Pero a su lado, aparece el gran Matías Kranevitter. Aquel que un matutino argentino calificó como “El equilibrista de los sueños”. Combinaba pase corto, recuperación y garra. En unos días jugará la final de la Champions League.

Corre, como siempre, Camilo Mayada. Cabeza baja, como en aquel pase milimétrico a Mora para 2 a 2 en México contra Tigres, que le dio vida a un equipo moribundo en la primera ronda de la Copa pasada. A la par, en el mundo imaginario de los soñadores, trota el “negro” Carlos Sánchez, hoy figura en México, ese del gol para eliminar a boca de la Copa Libertadores. El uruguayo que eligió no tener vacaciones con tal de ser Campeón de América en 2015. Lo logró.

Cuando pasa Ignacio Fernández, que seguramente tendrá mucho fútbol para dar y una infinidad de gratos momentos por vivir, camina con él Ariel Rojas, el de la zurda exquisita, el complemento brillante para un mediocampo perfecto. Nunca pudo ver de cerca la Copa Libertadores que él ganó.

El que llora como un nene es Andrés D’Alessandro. Ese que con solamente tocar la pelota da muestras de distinto, de crack. El de la zurda fenomenal. Quedará, lamentablemente para él, en el olvido su magnífico partido contra The Strongest. Demostró con un par de meses que ama a River como nadie. Eso ya en sí mismo es gloria.

Y Rodrigo Mora es historia, historia de la grande. El de la primera ronda fantástica de la Copa pasada, con gol agónico en México incluido. El del partidazo en el Mineirao. El del gol artístico frente a Guaraní, que hizo que un relator lo compare con uno de los mejores delanteros uruguayos de la historia riverplatense. “Sos Antonio Alzamendi, Mora”, le dijo.

Y cada vez que Alario tira la diagonal, es imposible no rememorar el gol contra Tigres que quedará en la retina de todos por siempre. Pero seguro allí también está Fernando Cavenaghi, mezclando talento y liderazgo, o incluso hasta haya alguna pincelada de Teo estilo Mineirazo. El movedizo Alonso no para de correr.

Y si uno lo ve a él, al magnánimo Marcelo Gallardo yéndose, sin ganas de saludar, ve a un héroe. Es imposible recordar algo, precisamente porque el Muñeco es vida: pasado, presente y futuro. Su exuberante profesionalismo y su visión de mejorar, seguramente hagan que no pueda dormir a la noche  y tenga que volver a ver el partido, porque siempre hay cosas para mejorar. Ese que entendió que el River del champagne y el caviar no siempre puede hacerse presente, y a veces no viene mal un poco de vino tinto y choripán. Comprendió que su equipo tenía nada más y nada menos que tres claves: “Primero -dijo- el equipo; segundo, el equipo; y tercero, el equipo”.

Y la música no puede faltar. El ruido de las palmas rojas que aplauden a un equipo que dio todo, aunque no siempre alcance. La música estridente del agradecimiento por “salir primero, por salir campeón”, pero también la que indica que siempre vamos a estar presentes (“Soy de River”). Como los violinistas del Titanic, no hay derrota que calle el aliento eterno de aquellos que saben lo que es no abandonar en las malas.

Pienso que todos somos diferentes después de ver a este equipo. Que les contaremos a nuestros hijos y nietos que vimos jugar a un River humilde, con un corazón entrañable. Que la derrota era sólo una excusa para aplaudir más. Pero sobre todo un grupo de gente común que nos hizo tener mil recuerdos memorables, que van de acá a Japón. Que nos deja millones de historias. Hay un futuro próximo para revivirlas. Tenemos una vida entera para recordarlas. Eso, aunque hoy duela, vale más que cualquier copa.

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