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Rojo, Blanco y Verde. La historia de un ídolo

IMAGEN: Gerardo Ligorria (ligorria.com.ar)
IMAGEN: Gerardo Ligorria (ligorria.com.ar)

Se levantó rápidamente del verde césped luego de una atajada crucial. El delantero pasó por delante de sus narices. “Le cumplí el sueño a mi hijo”, le dijo. El hombre de camiseta azulgrana lo miró con desconcierto. “Es que toda mi vida me preguntaba, en casa, cuando le iba a atajar un mano a mano a Messi”. El gran Lionel sonrió, agarró la pelota y se fue a patear el córner. Corría el 20 de Diciembre de 2015 y Marcelo Barovero estaba codo a codo con uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

Aparece en la puerta del túnel, a pasos de la escalera. Viste el número 1 en su buzo verde y le da la espalda a la cámara. Espera a que termine de armarse la ronda previa. Da las últimas indicaciones. Esboza los últimos conceptos. Se agacha para que lo escuchen mejor en el círculo.

Cuatro años antes seguramente no lo imaginaba. “Ojalá este a la altura de River”, dijo, cuando todavía no sabía que se iba a convertir en uno de los tres mejores arqueros de la historia del club. Corría una fría mañana de Ezeiza del 16 de Julio del 2012. El equipo se preparaba para volver al ruedo de las grandes ligas, luego de pasar un catastrófico año en la B Nacional. No sabía nadie lo que vendría. Las glorias y las copas que depararía el futuro. Sin embargo, el universo daba el correcto mensaje. El 11 de Agosto del mismo año, salía a la cancha como titular en La Plata, contra Estudiantes. Marcelo Barovero empezaba a ser sinónimo de River.

Da ánimo. Le pide a sus compañeros que dejen la vida, aunque sabe que lo van a hacer de todas maneras. Está por salir a la cancha. Tiene el brazalete en el brazo. Si bien lo pensó, si bien lo imaginó, no sabe aún que está por jugar el partido de su vida.

 “Por ahí me ven más en una oficina que en el arco”, bromeaba durante sus primeros días en el mundo River. Más de un periodista, hincha o quien fuere bromeó con su apariencia más propensa a trabajador del microcentro que al deporte más lindo del planeta. Rápidamente, y el humor lo demuestra, Barovero se sintió cómodo, y a su alrededor se mostraron conformes con él. En su primer semestre, la única jugada malograda que se le recuerda es una salida tardía en el empate de Walter Erviti sobre la hora en el Monumental, pero eso no hacía dudar que los tres palos blancos de Figueroa Alcorta y Udaondo habían encontrado quien los proteja.

Sale a la cancha primero en la fila, como buen capitán. Su estadio se viene abajo. No cabe un alfiler. Las tribunas tienen tirantes anchos blancos y rojos desde las bandejas más altas hasta el campo de juego. Hay bengalas y tres millones de fotos. Hablan de 60 000 personas, pero debe haber más. Todas gritan más o menos lo mismo: “Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón”

“Es una alegría ser el dueño del arco de River”, expresaba por el verano de 2013, cuando Ramón Díaz volvía a la dirección técnica del club y seguía optando por él para el arco millonario. Pocos meses después, la dirigencia no olvidó sus buenas actuaciones y le compró el pase. El arquero, por entonces, no ocultaba su felicidad: “Me gustaría quedarme toda la vida en River”. No obstante, los funcionarios del club no eran los únicos que celebraban su presencia y reconocían su buena labor. Allá por Septiembre, cuando recién había eliminado al San Lorenzo de Juan Antonio Pizzi de la Copa Sudamericana con Barovero como (única y excluyente) figura, River jugaba con Tigre en el monumental. Un extraño grito, con novedosa presencia y eterna potencialidad bajó desde la tribuna. “Trapito, Trapito”, gritaban a viva voz los hinchas de River. Amores como esos no deben morir jamás.

Se para en el círculo central. Saluda para las tribunas. Por el humo blanco casi que no es visto. Trota hacia el cartel publicitario. Lo esperan decenas de fotógrafos. Del otro lado estaba el eterno rival. Semifinal de copa. Está junto a 10 guerreros.

No obstante, el 2013 terminaba de manera catastrófica para el conjunto riverplatense. Eliminado de la Sudamericana en cuartos de final y decimoséptimo en el torneo marcaban el ocaso y obligaban a un 2014 radicalmente mejor, nueva dirigencia mediante. El destino sería oportuno y el oficinista devenido en arquerazo sería uno de sus fieles protagonistas.

River peleaba la punta del campeonato y jugaba contra Atlético Rafaela por la fecha 13 del Torneo Final 2014. El Monumental se vería teñido de un peculiar y emotivo homenaje. “A Barovero lo admiro como arquero y como persona”. El arquero seguía recibiendo apoyos varios, pero la frase era particularmente especial. La dijo un tal Amadeo Carrizo.

Va al sorteo. Saluda al árbitro y al capitán rival. Camina hacia el arco. La gente lo ovaciona, lo ama, lo venera. Levanta la mano derecha y saluda. Cuelga la toalla. Casi que parece un tipo común.

En esa fecha 13 Barovero se lesionó. Su desgarro obligó a que en una parte caliente del campeonato el arco deba ser cubierto por Leandro Chichizola, hombre de la cantera millonaria pero cuestionado por algunos malos partidos, especialmente mientras el club militaba en la Segunda División. Sin embargo, “Chichi” la rompió. No solamente sostuvo el nivel de Barovero sino que además se destacó por atajar dos penales claves, uno en La Plata frente a Estudiantes y otro (eternamente recordado) frente a Sebastián Saja en el último minuto en partido que River le ganó  Racing 3 a 2 de local. Los cuestionamientos y los debates se lanzaron en todos y cada uno de los programas deportivos cuando, para la anteúltima fecha, Barovero podía volver. ¿Debía retornar, o el arco tendría que quedar en manos del joven Chichizola?

Ramón Díaz no dejó lugar a dudas: “El titular es Barovero”, afirmó, y “Trapito” salió a la cancha para jugar frente Argentinos en La Paternal. River debía ganar para quedar puntero y definir de local el último encuentro. Un empate lo dejaba en paridad con Estudiantes y una derrota un punto por debajo. Y en el medio de esa noche fría, River pudo perder, cuando la pelota le quedo picando en tres cuartos de cancha al enganche del “Bicho”, que la colocó por el empeine por detrás del guardavalla millonario, pero, rapidísimo de reflejos y con una envidiable elasticidad física, Barovero la sacó con el puño por detrás de su cuerpo. River ganó dos a cero finalmente y sería campeón en la última fecha. Lo curioso es que ese enganche de Argentinos que le pudo haber robado el título era nada más y nada menos que Leonardo Pisculichi, hombre que llegaría a River y sería clave para el equipo. Ese día casi condena al subcampeonato. River lo pudo haber perdido, pero estaba Barovero.

Arranca el partido. Dos toques. Un pelotazo largo. Un centro mal tirado. Un rechazo desafortunado. Una duda. Una patada fallida.17 segundos de juego. Penal para el rival.

El campeón del Torneo Final 2014 y de la Superfinal argentina encaraba el segundo semestre del año con más tranquilidad y con un cambio de técnico: Marcelo Gallardo asumiría la conducción del conjunto riverplatense y, entre tantas definiciones necesarias, una fue fundamental. El líder del equipo, Fernando Cavenaghi, estaría varios meses fuera de las canchas por lesión. El liderazgo interno debía ser asumido por alguien y Gallardo no dudó: “Mi capitán es Barovero”.

Intenta una leve protesta, pero la suerte está echada. La pelota está colocada prolijamente colocado en el punto de la pena máxima. Vuelve a la línea de cal. Se pone debajo de los tres palos. Su corazón sigue latiendo. El de más de 14 millones de personas, por unos minutos, se frenó.

“Trapito” era la piedra fundamental de un equipo que brillaba. Toque rápido y eficaz con alta presión hacían del River de Gallardo un equipo muy difícil de vencer. No obstante, Barovero no perdía una de sus características principales: la humildad. River jugaba con Estudiantes por los cuartos de final de la Copa Sudamericana. Barovero salió a cortar rápido una jugada que tenía como protagonista al mediocampista Martínez y estuvo a punto de cometerle penal. Cuando, una vez culminado el encuentro, los periodistas le preguntaron por esa jugada, el arquero de River respondió lo siguiente: “Si (el árbitro) Abal cobraba penal hubiera ido a reclamarle sin dudar. Pero eso no es lo que me preocupa, me pone mal que Román Martínez abandonó la cancha porque es un colega y todos entramos a la cancha con las mayores ilusiones”. Crack dentro y fuera del verde césped.

Uno de sus momentos más gloriosos llegaría el 27 de noviembre del 2014. Semifinal de copa. Superclásico. River-Boca. Plata o mierda. Gloria eterna o derrota maligna. La pelota comenzó a rodar y el movimiento de la tierra pareció quedarse quieto y estupefacto en todos los lugares del mundo cuando a un tal Germán Delfino se le ocurrió cobrar un penal a favor de Boca a los 17 segundos de juego.  Ya no había protesta loca ni insulto que valga: millones y millones de personas deberían ver un momento de tensión extrema. Un gol de Boca no era definitorio, pero sí determinante, porque obligaría a River a marcar dos para pasar a la final. Emanuel Giglioti, que había declarado que el Monumental le caía bien por sus recurrentes buenas actuaciones en ese estadio, se paraba frente a la pelota. Marcelo Barovero, representante de más de 14 millones de personas, se ponía cara a cara con la historia. El delantero de Boca pateó y el arquero de River rechazó con su mano derecha al lateral. “Hubo un antes y un después en mi vida cuando le atajé el penal de Giglioti”, diría tiempo después. “Te amamos hombre de verde”, gritaba exultante, un comentarista partidario. Barovero marcaba la senda al título para propios y el camino a la calesita del Parque Lezama para extraños. Esa circunstancia parecía convertirse en un estilo de vida.

Llena los cachetes de aire y sopla. Es el protagonista. Lo deben estar mirando desde la Antártida hasta Siberia. Desde Ecuador hasta Nueva Zelanda. Aunque, no de casualidad, el destino principal terminará  siendo China.

La historia podría terminar allí. Barovero levantando la Copa Sudamericana, eliminación al eterno rival mediante. Pero no. Todavía falta.

El delantero acomoda el balón y toma, muy lentamente, carrera. Tiene cara de tranquilidad. Está displicente. Cree que es más que el resto, confía en que la situación es una más de una supuesta carrera exitosa.

River se consagraría campeón de la Recopa en febrero con Barovero como figura y afrontaría la Copa Libertadores luego de 6 años sin jugarla. La primera ronda fue complicadísima, a punto tal que no estuvo en zona de clasificación hasta después de los 20 minutos del segundo tiempo del último partido. Pasó como último preclasificado y el destino le depararía otra parada bravísima, que un matutino porteño saboreaba en su portada apenas River concretó su clasificación: “Que se venga Boca”.

El dramatismo sube cuando el penal no se puede patear por un láser. El delantero se para en la medialuna. Él pone los pies en la puerta del área chica. Pasó una vida ya desde que el árbitro señaló el punto a doce pasos de la valla. Van tres minutos de juego.

Revancha cercana, otra vez una copa los ponía frente a frente, ahora por los octavos de final de la Libertadores. Boca, primero en la tabla de preclasificados e invicto tanto en el ámbito nacional como en el internacional, pisaba el Monumental luego de vencer al conjunto millonario por el torneo argentino. River, último en la tabla de la Libertadores, llegaba “de punto” frente a su clásico rival. En un partido que tuvo más garra que fútbol y más táctica que juego, River lo venció uno a cero y lo terminaría eliminando de la Copa nuevamente. Pero, también, lo pudo haber perdido. Cuando el segundo tiempo recién comenzaba, un pase largo a campo millonario encontró, por un mal achique de la defensa riverplatense, al delantero de Boca Jonathan Calleri mano a mano con el gol. Su remate cruzado fue despejado una vez más por el arquero millonario. Otra vez estaba ahí el hombre de verde. “Enorme, enorme, gigante”, lo calificaba el relator de la transmisión oficial. Acostumbrado ya, quizás, a cambiar la historia y darle siempre el rumbo sonriente.

Un relator le reza a él. Otro dice “no, no ,no”. Un tercero explica que su equipo empezará perdiendo y que tendrán que ir a dar vuelta el partido. El árbitro toca el silbato. Un relator más se suma a la escala de iniciativas creativas y artísticas. Le dice al sonidista: “Poneme la canción del Puma… parapam parapam parapam”.

El final es historia conocida. River y Barovero tuvieron solamente dos goles en contra en toda la fase de eliminaciones directas, con el gran arquero como figura excluyente. River sería campeón de América luego de 19 años.

El delantero corre. Patea con la cara interna del pie derecho. El hombre de verde vuela sobre su poste derecho y con mano diestra cambiada saca la pelota.

La última parte de su vida en River estuvo signada por los vaivenes propios del club. El millonario se mantendría en la elite futbolística pero nunca pudo mostrar el juego que lo llevó a ganar cuatro títulos internacionales en poco más de un año.  Quedará como recuerdo aquel histórico partido contra el mejor equipo de la historia del fútbol y el último aplauso, el 14 de mayo último, contra Gimnasia. Vaya si estuvo a la altura Barovero.

Son las 20:48 del 27 de noviembre del año 2014. En la Ciudad de Buenos Aires hay 24 grados centígrados de temperatura. La pelota se dirige derecho al lateral y Marcelo Alberto Barovero hace lo propio a la eternidad.

Pero hay historias que no terminan. O, mejor dicho, finalizan en cada uno de los protagonistas. Muchos de ellos deben haber pegado en sus cuartos o en la oficina la foto que quizás Barovero nunca hubiese imaginado. Esa que ni el gran Amadeo ni Fillol pudieron tener: el capitán levantando la ansiada tercera Copa Libertadores junto con su compañero Fernando Cavenaghi. Barovero tiene su famoso buzo verde. Pero de ese atuendo solamente se observan las mangas, porque viste en la parte de delante de su torso una remera blanca con una banda roja que le cruzará el alma para toda la vida.

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